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Hoy en día la depresión se convirtió en moneda corriente. Con ella todo se vuelve gris y sin sentido, y tratarla a tiempo es fundamental para curarse. Dos especialistas nos explican qué es, cuáles son sus síntomas y qué hacer cuando se presenta. 


 

Todos tenemos altas y bajas en el ánimo, momentos en los que las cosas no resultan como queríamos o esperábamos, o que se hacen difíciles y preferimos no salir de la cama. Pero si la angustia y la tristeza se prolongan en el tiempo, podemos estar frente a un episodio de depresión que debe ser tratado de forma inmediata. Este trastorno avanza cada vez más en todos los países y se calcula que para 2020 será la segunda dolencia a nivel mundial. Sin embargo, con el tratamiento y la ayuda adecuados se puede salir, solo es cuestión de estar correctamente informados y atentos. Para esto, Stella Cassese y Lorena Mulassano, especialistas en psiquiatría, nos asesoran.


Para comenzar, Mulassano explica que la depresión se caracteriza por un descenso del humor, que se torna triste y sombrío. Además, la tristeza generalmente se encuentra acompañada de angustia, con distintos grados de ansiedad. A nivel del pensamiento hay pesimismo marcado, desesperanza, incapacidad para disfrutar, perdida de interés y de concentración, sentimientos de inutilidad, baja autoestima y falta de confianza en uno mismo, autorreproches y sensación de culpa excesiva. Incluso, se puede llegar a tener pensamientos recurrentes de muerte. “Aunque el porcentaje de pacientes que concretan ese acto es bajo, el profesional siempre debe estar atento y tomar las medidas necesarias para prevenir esa posibilidad”, afirma Mulassano.


Entre otros de sus síntomas, está la pérdida de energía que se manifiesta con cansancio o desgano y deseos de permanecer acostado. Esto lleva a aislarse y altera los vínculos afectivos. También es muy común la presencia de alteraciones en el sueño, siendo el insomnio la más frecuente; y pérdidas o aumentos importantes de peso. “Cada vez es más habitual encontrar sintomatología somática, es decir, la presencia de síntomas físicos o malestares corporales que acompañan o reemplazan la tristeza, como por ejemplo las cefaleas”, concluye Mulassano.


Es importante destacar que la Organización Mundial de Salud (OMS) no utiliza el término “enfermedad”, sino “trastorno” para referirse a las distintas alteraciones a nivel mental. “Cuando hablamos de depresión, nos referimos a un episodio, es decir, a un momento preciso en donde la persona presenta al menos cuatro de los síntomas descriptos. Este episodio tiene una duración que varía según cada paciente y puede o no repetirse”, explica Mulassano. 


Pero ¿en qué se diferencia la depresión de la tristeza profunda? “La principal diferencia radica en la presencia o no de otros síntomas asociados que alteran el normal desenvolvimiento del individuo y de sus relaciones sociales. También es importante tener en cuenta el tiempo, ya que si la tristeza se prolonga en el tiempo desemboca en un duelo detenido, y puede llegar incluso a un trastorno depresivo”, aclara Mulassano.


La depresión puede afectar a todas las edades y sociedades, pero las que más la padecen son las mujeres (el doble de casos que los hombres, siendo más frecuente después de la adolescencia). La edad de inicio es alrededor de los 30 años, aunque se presenta cada vez más en personas más jóvenes e incluso en niños (con alteraciones en la conducta, como ansiedad, hiperactividad, agresividad, disminución del rendimiento escolar y falta de concentración).


Para Mulassano, su aparición no está asociada a un tipo de personalidad, sino a las capacidades o a las herramientas de la persona para afrontar las dificultades y los cambios que se presentan a lo largo de la vida. Cassese agrega que se deben tener presentes los factores de estrés psicosocial que en determinado momento de la vida inciden como factores predisponentes a enfermar, como catástrofes, accidentes, duelos o situaciones de violencia personal y social. En las mujeres aumenta el riesgo de padecerla tanto durante la menopausia como luego del parto.


Aunque hay un mayor porcentaje de trastornos depresivos en familiares directos, todavía no se sabe si esto se debe a una causa genética o hereditaria, o al aprendizaje de patrones familiares que tienden a repetirse, o a ambas razones. Por eso, aunque este trastorno no es contagioso, Mulassano explica que sí pueden generarse repeticiones de modelos comportamentales y relacionales, que son los aprendidos en los vínculos primarios (padres y hermanos). 


Tratarla adecuadamente

Es sumamente importante hacer frente al cuadro de depresión, ya que este puede llevar incluso a padecer enfermedades orgánicas, como asma, colon irritable, gastritis, úlcera gástrica, etc. “Cuanto antes se consulte, habrá mayor posibilidad de remisión total del cuadro y menor probabilidad de tasas de recaídas”, recomienda Cassese.


El tipo de tratamiento varía según el grado o la severidad del episodio depresivo. Para Cassese el tratamiento combinado (psicoterapia y farmacología) es el que demuestra mayor efectividad. “En cuanto a los profesionales intervinientes, conviene el equipo conformado por un psicólogo y un psiquiatra que trabajen conjuntamente para acordar las pautas del tratamiento”, agrega.

 

La medicación recetada, según el caso, suele ser antidepresivos o estabilizantes del estado de ánimo. “Los antidepresivos más utilizados tienen muy pocos efectos adversos y no son adictivos, a diferencia de los ansiolíticos a altas dosis. Sí es necesario que se administren con dosificación progresiva al comenzar el tratamiento y que también haya un descenso gradual a la hora de retirarlos”, explica Cassese.


Los tratamientos, en general, deben durar como mínimo un año y, si se utiliza medicación psicofarmacológica, el tiempo mínimo de tratamiento es de 4 a 6 meses. Esto siempre depende de cada caso en particular. “La medicación antidepresiva tiene un periodo de latencia (el tiempo que demora en producir los efectos deseados) de 15 a 21 días aproximadamente. A partir de ese momento el paciente comienza a sentir mejoría, sobre todo en lo que respecta a la angustia, a la fatiga y al desgano”, afirma Mulassano. “El episodio puede durar seis meses o más, e incluso continuar por más de dos años. Pero con el tratamiento adecuado, muchos cuadros remiten en dos meses, dependiendo de la severidad”, agrega Cassese.


¿Y qué rol debe cumplir la familia? “Es necesario entender que el cuadro no se resuelve por buena voluntad del enfermo, ya que los síntomas se le imponen. No es prudente pretender insistentemente que el paciente colabore o entienda. Es importante acompañar, sin culpas ni reproches, y dando tiempo tanto a la psicoterapia como a la medicación para que actúen”, explica Cassese. Además, aclara que es necesario tener un acompañamiento cercano al equipo tratante, notificando tanto los cambios favorables como aquellos que no lo sean, y aconseja que, en los primeros meses del tratamiento, la medicación sea controlada y administrada por un familiar, ya que el paciente suele olvidarse o tomar de más.


“Darle contención a la persona no significa tener que escuchar sus lamentos y sus pensamientos negativos todo el día, ni tampoco reprenderlo por la manera en que percibe la realidad, sino más bien brindar un espacio de tranquilidad y de relajación en donde no sea necesario hablar de los problemas para ser comprendido. Muchas veces una caricia, el cuidado diario o la simple presencia es mejor que los consejos que podamos brindar”, aclara Mulassano.


Una vez que el paciente se siente mejor, es importante no abandonar el tratamiento psicoterapéutico, ya que puede generar una recaída o, con el tiempo o con alguna situación adversa, pueden volver a desencadenarse los mismos síntomas. “En general, la medicación se suspende antes de finalizar el tratamiento psicoterapéutico, porque allí es donde se adquieren herramientas y cambios que perduran en el tiempo, mas allá del cese de los síntomas”, explica Mulassano. Y en el caso de tener el alta médica, Cassese recomienda estar atentos y realizar una pronta consulta cuando surjan síntomas o situaciones de vulnerabilidad.


Ahora la pregunta es si se puede hablar de prevención para este tipo de trastornos. Cassese explica que en todo caso la misma debe partir desde los comienzos de la vida de una persona, estimulando socialmente las posibilidades de cuidados maternos precoces, la prevención de enfermedades durante el embarazo y las buenas condiciones socioeconómicas y culturales, para un mejor seguimiento de la salud en la infancia y la adolescencia. “Además, es necesario reducir el nivel de violencia familiar y escolar, que condiciona y predispone al aumento de los estresores sociales intervinientes en estos cuadros”, agrega.


Consejos para quienes están afrontando una depresión:

Evitar estar solo. 

Pedir ayuda, tanto en su grupo familiar o social como en el grupo profesional interviniente.

No abandonar los tratamientos porque son largos pero efectivos y previenen otras enfermedades más graves o evitan que la enfermedad se instale de forma crónica, causando un deterioro progresivo en la calidad y la expectativa de vida.


Bajo la supervisión profesional y con mucha paciencia por parte de la familia y de los amigos, todos aquellos que sufren depresión podrán salir adelante y dejar atrás los días de tristeza y aislamiento. A pesar de los vaivenes, la vida es hermosa y merece la pena disfrutarla. ¡Cuidate y cuidá a los tuyos!


Asesoró en esta nota: Lorena Paola Mulassano, Médica Cirujana, especialista en psiquiatría, M.P. 30469, lorenamulassano@hotmail.com, Profesional en La Posada del Qenti, provincia de Córdoba.

Stella Maris Cassese, Psiquiatra infanto juvenil y de adultos, M.N 75762, stellacassese@gmail.com. 

 

 
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