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Esta ONG ayuda desde el arte y la creación a chicos que se encuentran en situación de calle y en hogares. El CD “Canciones de cuna”, con letras escritas por ellos, fue declarado de Interés Cultural. ¿Querés conocerlos?


Con seguridad, cerca de nuestras casas o nuestros lugares de trabajo vemos algún niño en situación de calle. Lejos de disminuir, los niveles de exclusión social y pobreza siguen siendo muy altos y son los chicos quienes sufren las peores consecuencias. ¿Pensaste qué te pasa cuándo los ves o qué podrías hacer? Desde el 2005, la ONG Casa de la Cultura de la Calle trabaja con el arte y la creación como herramientas fundamentales para que estos chicos puedan ver su realidad de forma distinta y tener una vida mejor. Ayudarlos es más fácil de lo que parece y podemos sumar nuestro granito de arena si nos lo proponemos. Para saber más acerca de esta realidad que nos afecta y nos involucra a todos, charlamos con Nadina Fushimi, coordinadora artística, y Margarita Hollmann, encargada de la planificación y gestión de Casa de la Cultura de la Calle.


Todo comenzó cuando el actor Gastón Pauls, a raíz de un programa televisivo que estaba realizando, entró en contacto con chicos en situación de calle o que vivían institucionalizados en un hogar y conoció sus problemáticas. Luego se unió con Francisca Hollmann, actual Directora de la ONG, y comenzaron a idear el proyecto. Casa de la Cultura de la Calle trabaja con niños y adolescentes (desde los 6 hasta los 20 años) no sólo en situación de calle o viviendo en hogares, sino también en centros de régimen cerrado.


“La historia y el origen de los chicos son muy variados. La mayoría son víctimas de historias muy dolorosas, de mucha violencia y maltrato que los expulsan de sus casas. En el caso de los chicos en situación de calle, los conocemos a través de otras instituciones como los centros de día donde desarrollamos dos o tres talleres”, cuenta Fushimi. Y agrega que hay muchos chicos de la calle que no tienen ningún familiar que puedan rastrear y otros que tienen padres o familia pero no pueden vivir con ellos porque los vínculos están muy rotos y necesitan salir a la calle para sobrevivir.


Casa de la Cultura de la Calle trabaja sobre tres ejes fundamentales: el artístico, el terapéutico y el pedagógico. En sus talleres acercan distintas disciplinas artísticas mezcladas entre sí (la música con el teatro, el teatro con la plástica, etc.), pero no son sólo actividades para entretener sino que tienen un lineamiento educativo. La diferencia con la educación formal es que en sus talleres se hace uso de la improvisación y las cosas que a los chicos les interesan. Además, “a través del arte ellos pueden rescatar, reconocer y recuperar mucho de su historia y empezar a pensar su presente de forma diferente”, explica Fushimi sobre el eje terapéutico.


¿Cómo ayuda el arte?

Sus objetivos son claros y a corto plazo, “porque cuando empezás a trabajar con estas realidades es fácil caer en una especie de gran impotencia y gran omnipotencia. Uno quiere hacerlo todo y ya, y en realidad te das cuenta de que es muy complicado”, aclara Fushimi. Quieren lograr que, con las herramientas artísticas, los chicos puedan expresarse y empezar a decir qué les pasa. “Es importante que reconozcan que hay otras maneras de relacionarse con las personas y no a través de actos, palabras y gestos violentos. Con el arte tienen la posibilidad de simbolizar”, concluye.


Los talleres están guiados sobre una base que tiene que ver con descubrir el juego. En el caso de los chicos más grandes puede generarse un proyecto, como por ejemplo una obra de teatro. Pero Casa de la Cultura de la Calle sigue trabajando para  todos los que están interesados en seguir formándose y estudiando en otros lugares: “Nuestro proyecto es iniciar, despertar el interés y las ganas. Después tratamos de estar cerca en la medida de lo posible para conseguirles becas, etc.”, cuenta Fushimi.


Para Hollmann, lo artístico permite que estos chicos salgan del lugar de exclusión y marginación en el que se encuentran. El más claro ejemplo es el CD Canciones de cuna, que fue declarado de Interés Cultural. Las letras fueron escritas por chicos en situación de vulnerabilidad social entre 7 y 21 años e interpretadas por reconocidos músicos como Mollo, Spinetta y Fito Páez, entre otros.


Sin embargo, para los que trabajan en esta ONG, uno de sus mayores logros es que un chico se acuerde de ellos después de muchos años y lograr despertar en otras personas el ánimo y las ganas para que reproduzcan un trabajo parecido al de ellos.


Sumar nuestra ayuda

Al encontrarnos con esta realidad generalmente pensamos que la solución debe venir desde otro lugar o el miedo nos impide involucrarnos. El problema radica en no estar correctamente informados y creer que nada se puede hacer al respecto.


“La sociedad tiene muchos recursos para empezar a cambiar alguna de estas realidades, sólo hace falta decisión. Las personas que tienen consciencia pero a pesar de todo dan vuelta la cara a estos problemas, hablan de una doble indiferencia. La indiferencia también es violencia”, piensa Fushimi. 


Para Hollmann, afirmar que no hay nada para hacer es ser cómplices del sistema del que nos creemos víctimas: “Cada uno desde su lugar puede hacer algo. Este es un camino de ida: una vez que te involucrás es muy difícil decir hasta acá llegué”. Por supuesto que antes de brindarles educación se deben cubrir las necesidades de primer orden, como la alimentación de los chicos. 


Sin embargo, Hollmann explica que no se trata sólo de llevarles una sopa o un sándwich, sino de ir todos los días y preguntarles cómo están, mantener una continuidad. “Lo mejor es ir a visitarlos, saber su nombre y que ellos te esperen todos los días”, afirma. A partir del vínculo y una vez que logran bajar todas sus barreras, aparece la palabra y cuentan lo que les pasa. 


Pero es importante saber que no podemos irrumpir en sus vidas y modificar su sistema de valores y creencias de la noche a la mañana. Ellos tienen sus propias reglas para sobrevivir, por ejemplo suelen manifestar mucha resistencia a acudir a lugares que les brindan ayuda, porque allí puede haber otros chicos con los que no quieren encontrarse y pelearse.


“Yo pienso en el confort para mí, ¿pero cuál es el confort para ellos? Tal vez nunca lo conocieron y ni siquiera puedan hacerse esa pregunta como nosotros”, explica Fushimi. Y agrega que hay que ser cautos salvo que el pedido de ayuda sea muy concreto, por ejemplo si dice que no quiere estar más en la calle o que lo están siguiendo, etc. En estos casos, el accionar debe ser distinto y Fushimi recomienda buscar ayuda en Niñez, ya que la figura policial para ellos se encuentra bastardeada.


Otra de las recomendaciones es no acercarnos solos sino sumarnos a algún grupo que ya esté organizado y trabajando con estas problemáticas. La clave es darnos cuenta de que, si no hacemos nada por el cambio, somos cómplices de que la situación siga reproduciéndose. Para Hollmann y Fushimi, que haya chicos en la calle es una ecuación que nos compete a todos. 


“Creo que el ser humano tiene la solidaridad innata, lo que sucede es que el sistema de vida capitalista va en contra de eso. Desde chicos nos enseñan en todos los estratos sociales a ocuparnos de nosotros, a consumir, a ser individuos atomizados y no mirar para otro lado. Sobre eso hay que trabajar”, concluye Hollmann.


Todo aquel que quiera puede donar a la ONG ropa, materiales y elementos.


En nosotros queda la decisión de comprometernos realmente, involucrarnos con esta realidad de la que somos parte y tender una mano a los que más la necesitan.


Asesoró en esta nota: Nadina Fushimi. Coordinadora artística. Margarita Hollmann. Planificación y gestión en Casa de la Cultura de la Calle. www.cculturadelacalle.org.ar 4787-3352 

 

 
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