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Es sabido que el agua representa un medio más que familiar para los seres humanos, que pasan todo el período de gestación inmersos en el útero, nadando en líquido amniótico. En el parto se produce un cambio drástico de medio pero, inconscientemente, cada vez que alguien se enfrenta al agua le devuelve cierta paz que lo retrotrae a su origen. Sin embargo, no todos responden de la misma forma y hasta llegan a tenerle fobia a ese ambiente, lo que se conoce como hidrofobia.

 


Sin llegar a ese extremo, tenerle miedo al agua es algo totalmente normal, y es un deber de los padres actuar en consecuencia y asesorarse para ayudar a sus hijos a superarlo. Lo importante, recomiendan los especialistas, es no querer apurar los tiempos ni forzarlos, algo que podría provocar un efecto contrario. Mucho menos implementar viejas soluciones caseras como tirar al chico al agua contra su voluntad.

 


El miedo al agua, como el miedo a la oscuridad, es un fenómeno psicológico normal que forma parte de su evolución. Hay quienes lo desarrollan por haber vivido una experiencia traumática, lo cual -de no ser tratado- podría desembocar en una fobia.

 


En nuestro país, la Primera Escuela Argentina de Natación para Bebés, por ejemplo, cuenta con un "Programa antipánico y antitrauma acuático infantil" que está destinado a bebés y niños con aversión o miedo al agua.

 


¿Qué conductas evidencian este temor? En casa, por ejemplo, no querer sentarse en la bañadera, tenerle miedo al duchador, no permitir que le laven la cabeza o negarse a poner su rostro en el agua. Y en la piscina o en la orilla del mar o río, aferrarse a las escaleras o bordes de la pileta, desconfiar del adulto que lo cuida, y gritar, patalear y arrojarse al piso cuando se lo acerca al agua.

 


También si repentinamente rechaza ir a la pileta cuando anteriormente le gustaba o si verbaliza frases tales como "me voy a ahogar", señales que indican que hay trabajo para hacer para que vuelva a tener confianza.

 


Aquellos chicos que inician su contacto con el agua -y más aún en la natación- de bebés en compañía de sus padres, tienen mayor facilidad de adaptarse. Esto no implica que quienes se inician de más grandes vayan a experimentar alguna situación traumática, pero enfrentarán un temor lógico a lo desconocido.



Aunque no se asocie el baño con la natación, ambos están íntimamente ligados. Por eso es conveniente hacer de ese un momento agradable y especial. Jugar con los chicos, hacerlos partícipes de los preparativos, familiarizarlos con el entorno, permitirles tener sus juguetes y preparar el lugar con la temperatura y la luz adecuada. Dejarlos que chapoteen, que salpiquen, que sientan el agua, hablarles, cantarles y darles confianza.

 

El agua es un medio en el que deberán aprender a desenvolverse de otra manera y en el cual deberán coordinar su motricidad. Si tienen un buen recuerdo de esos primeros contactos y los asocian a momentos agradables, es muy probable que cuando se enfrenten a una pileta de natación o estén en la orilla de un río o del mar no experimenten tanto temor.


 
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