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Bajo esta forma de alimentación no se consume nada muerto, nada animal ni cocinado. Qué es, cuáles son sus beneficios y algunas recetas de la mano de un propulsor del movimiento y una nutricionista especializada.


En notas anteriores te contamos sobre varias formas nuevas y distintas de alimentarnos. En esta oportunidad, te presentamos una corriente que suma cada vez más adeptos y cuyo eje es comer alimentos crudos y vitales para el organismo: la alimentación viva. Nuestra cultura nos enseñó a cocinar los alimentos antes de ingerirlos y cambiar nuestros hábitos no es cosa de todos los días. Sin embargo, siempre es bueno darnos la oportunidad de conocer otras alternativas. Charlando con Mariano Caino, maestro de alimentación viva, y Ana Lía Aguado, nutricionista, aprendimos sobre los alimentos llenos de vida y energía que contempla una dieta de estas características.


La alimentación viva (también conocida en inglés como raw food, life food o living foods) se trata del consumo del alimento en su estado original: fresco, crudo y sin tratar. Estos alimentos no son sometidos a procesos de cocción o tratamiento de ningún tipo y están en constante desarrollo y expansión energética. 


Los alimentos vivos poseen energía proveniente del sol que se convierte en clorofila. “La clorofila es energía solar en estado líquido y es idéntica a la sangre. Solo difieren en que el núcleo de nuestra sangre tiene un átomo de hierro y la clorofila uno de magnesio. Por eso se hace tan importante el consumo de hojas verdes en nuestra alimentación cotidiana. Todos los procesos de cocción destruyen la clorofila y toda la energía vital del alimento”, explica Caino.


Cuando los alimentos se cocinan a más de 44ºC se destruyen sus enzimas y se pierde más del 80% de los nutrientes esenciales que necesita nuestro cuerpo. El 20% restante altera su composición molecular. Además, en la gran mayoría de los casos, este proceso se vuelve adictivo ya que los almidones, cuando se cocinan, se convierten en azúcares simples. “Cuanto más dure la cocción, mayor sea la temperatura y más numerosas sean las mezclas entre alimentos, menor será su semejanza con los productos iniciales”, aclara Aguado.


Los alimentos se pueden organizar por nivel de vitalidad. Desde el punto de vista energético, existen cuatro grandes grupos: biogénicos, bioactivos, biostáticos y biocídicos. Los biogénicos son los alimentos que engendran vida en germinación (semillas, nueces y granos germinados). Los bioactivos son los que están llenos de vida pero no en crecimiento, sino en un proceso gradual de decaimiento (frutas y vegetales crudos). Los biostáticos son alimentos frescos y naturales que han sido cocinados,  que desgastan al organismo a largo plazo y requieren que la persona invierta más energía de la que obtiene en el proceso de intercambio con el alimento. Finalmente, los biocídicos son los alimentos que van degenerando la vida del organismo por estar cocinados y contienen sustancias químicas como aditivos, colorantes, conservantes, etc.


Aguado explica que los alimentos vivos recién cosechados, de procedencia orgánica y en su punto óptimo de maduración poseen más energía que los que han sido guardados en diferentes lugares, por ejemplo en cámaras frigoríficas o en galpones donde quedan a la espera de ser consumidos. 


Por otro lado, Caino asegura que hay alimentos  cuyo consumo crudo no es recomendable debido a la presencia de almidones que no podemos sintetizar, como es el caso de la papa, la mandioca, y el arroz (en el caso del arroz integral sólo se puede consumir germinado). Aunque, para Aguado, los alimentos que no se pueden consumir crudos no son imprescindibles para nuestra nutrición. 


¿En qué se diferencia con la alimentación convencional?

Primero hay que distinguir alimentación viva de crudivorismo y de vegetarianismo. La diferencia con el crudivorismo es que este, en algunas prácticas, incluye ingredientes de origen animal; no así la alimentación viva. En el caso del vegetarianismo, la diferencia radica en que este también contempla alimentos cocidos y procesados.


Respecto con la alimentación convencional, una de las diferencias principales es la fuente: “Nuestros alimentos son toda variedad de frutas, verduras, germinados, frutos secos, semillas, granos y algas”, cuenta Caino. Otra gran diferencia es que los alimentos crudos nos transfieren sus cargas bioeléctricas, potenciando de este modo nuestra energía y vitalidad.


La digestión también se ve beneficiada porque el alimento caliente destruye la mayoría de las enzimas gástricas necesarias para la digestión de las proteínas que se están consumiendo. “Se calcula que una comida habitual cocinada exige más de 8 litros de jugos digestivos, empleándose de 6 a 8 g de proteínas para su síntesis. En cambio, el alimento crudo aporta sus propias enzimas y alivia la digestión. Son señales delatoras de digestiones carentes de enzimas en los alimentos: dispepsias, gases, gastritis, somnolencia, pesadez después de las comidas, etc.”, comenta Aguado.


Comenzar el cambio

Cuando uno esté decidido, es recomendable realizar una transición gradual desde la alimentación cocida y procesada a productos vivos, vegetales y orgánicos, para no acelerar el proceso de desintoxicación natural del organismo. 


“Estamos intoxicados debido a la comida en exceso, los alimentos procesados, refinados, con agroquímicos, con agregados de colores, conservantes y cocidos. La alimentación viva permite conectarnos con alimentos puros y sin alterar”, explica Caino. Y agrega que los alimentos vivos no solo desintoxican el organismo, sino que nos llenan de vitalidad y energía constante. “Con esta práctica logramos una depuración gradual del organismo que lleva meses e incluso años, sin necesidad de ayunos prolongados, limpiezas hepáticas, limpiezas de colon, etc.”.


Para Aguado, ningún cambio en la alimentación se debe hacer de un momento para otro, nunca debe ser de forma drástica sino paulatinamente. Y aconseja hacerlo con la guía de un profesional que vaya monitoreando los procesos y modificaciones individuales que surjan. A esto hay que sumarle cambios en nuestros hábitos, como adoptar nuevas prácticas para generar alimentos vivos, lugares donde conseguir alimentos de origen orgánico, etc.


Un buen plan para comenzar puede ser:

Introducir algún vegetal nuevo cada dos días; acompañar los alimentos que habitualmente se cocinan con algún vegetal fresco; tratar que en todas las comidas del día haya algún alimento crudo. 

Introducir alguna fruta fresca en la mañana acompañando el desayuno habitual, para más adelante ir abandonándolo.

Disminuir de a poco todos los alimentos adictivos: harinas blancas, azúcar blanca, quesos, enlatados, alimentos procesados con aditivos químicos, gaseosas, aguas saborizadas, etc.

Incorporar pequeñas cantidades (una cucharadita) de alguna semilla molida, eligiendo de a una sola variedad por vez.

Consumir brotes de semillas incorporados en las ensaladas tanto crudas como cocidas.  


¡A ponerlo en práctica en la cocina!

“Normalmente se piensa que para comer ‘sano’ uno debería pasarse todo el día cocinando; sin embargo la cocción no aumenta el valor nutritivo del alimento”, afirma Aguado. En cambio, la alimentación viva simplifica los tiempos de preparación debido a que ahorramos tiempos de cocción.


El equipamiento necesario es: licuadora, procesadora, exprimidora, cuchillos medianos o grandes, tabla de cortar, horno deshidratador, mandolina. Y los alimentos que no pueden faltar son: frutas (frescas, deshidratadas y secas), hojas verdes, nueces, semillas, algas, brotes, especias y aromáticas. 


Algunos ejemplos de platos y preparaciones típicas de la alimentación viva pueden ser: germinados de semillas, leches de semillas o nueces, ensaladas de hojas verdes aderezadas, arrollados de algas y hojas verdes y licuados verdes como bebida. Hasta se pueden preparar postres vivos: helados, tortas de chocolate, tartas de frutas, bombones, trufas, granolas, barritas de semillas, yogures de nueces, etc. 


Lo que hay que saber sobre la alimentación viva

En Argentina tenemos una gran diversidad de alimentos orgánicos y frescos de origen vegetal para llevar esta práctica a la vida cotidiana.

Es recomendable para todas las edades, desde bebés hasta gente de muy avanzada edad.

Esta alimentación nos provee todos los nutrientes que necesitamos para estar sanos, con energía y disposición para cualquier tarea de esfuerzo inminente. 

Algunos complementos recomendables para acompañar y despertar esta forma de vida son: ejercitación física, yoga, meditación, baños breves de sol, utilizar ropa de fibras naturales, etc.

Se puede realizar en casa y podemos generar nuestros propios alimentos, como leches, quesos de semillas, galletas, germinados, etc.

Ayuda al medioambiente porque no hay desperdicio de electricidad, no se usan agroquímicos ni envoltorios, etc.


Dos recetas para animarse a probar los alimentos vivos

Bebida recomendada para todos los días: licuado verde.

Ingredientes: 2 tazas de agua de buena procedencia; 1 manzana verde cortada en trozos; jugo de ½ limón; 6 hojas de espinaca o 3 hojas de lechuga; 1 cucharada de pasas de uva remojadas durante 6 hs. (usar el agua de remojo también).

Preparación: licuar todos los ingredientes juntos hasta lograr una consistencia homogénea.


Arrollado de algas nori

Ingredientes: 2 planchas de algas nori; vegetales cortados en juliana: tomates deshidratados (remojados), morrón, palta y zucchini; brotes de alfalfa; aceitunas negras cortadas en tiritas; hojas de rúcula; semillas de girasol activadas; jugo de limón.  

Preparación: pintar la plancha de algas nori con el jugo de limón. Acomodar en un extremo las hojas de rúcula, sobre ellas los vegetales cortados, los brotes y las semillas de girasol y condimentar a gusto. Enrollar y cortar. 


 

 

Asesoró en esta nota: Mariano Caino. Maestro de alimentación viva y vegana. info@conscienciaviva.com www.conscienciaviva.com Ana Lía Aguado. Nutricionista. anaaguado52@yahoo.com.ar www.alimentosynaturismo.com.ar


 

 

 
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